JUVENTUD EN ÉXTASIS (Cap. 4)
LA TENTACIÓN DEL SEXO ILÍCITO.
[Punto y seguido] [Punto y aparte] [Coma]
—Para empezar —me dijo—, eso de acostarse con el novio
no es cosa nueva. Se ha
hecho desde siempre, así que tu generación no tiene
nada que enseñarle a la mía —le
resultaba difícil revelarme sus yerros de mocedad,
pero ya no podía detenerse—. A los
quince años perdí la cabeza por uno de mis profesores.
Él me llevó a conocer la
sexualidad completamente. Luego supe que era casado.
Me abandonó. Fue mi gran
secreto... A los veinte años me volví a enamorar. Esta
vez de un amigo de la familia.
Estaba segura de haber hallado al príncipe de mis
sueños y me entregué nuevamente sin
condiciones. Aun cuando él me confesó haber tenido
relaciones íntimas antes, yo le juré
que era virgen —hizo una larga pausa con la vista
perdida en sus evocaciones—.
Ambos estábamos muy solos y desesperados por hallar
una pareja, así que tuvimos sexo
antes de casarnos —continuo—. Los jóvenes de aquella
época poseíamos la misma
cantidad de hormonas que ustedes, pero había menos
promiscuidad y el sexo sin amor
era poco frecuente...
Se detuvo. Me di cuenta de tener la boca abierta.
¡Estaba hablándome de mi padre!
"Sigue, por favor", rogué en mis adentros.
Era preciso enlazar de una vez por todas los
elementos inciertos de mi verdadero origen...
—Nuestro noviazgo fue corto. Nos unimos en matrimonio
sin conocernos a fondo.
Fracasamos. Un abismo de diferencias mentales nos
separaba. Él devoraba tratados de
ciencias, coleccionaba libros, impartía clases de
química en escuelas superiores y.
cuando le quedaba tiempo tiempo, experimentaba uniendo compuestos en un laboratorio que
improvisó en la casa. Yo en cambio detestaba el
estudio y la lectura; sólo me
desenvolvía bien en reuniones sociales y haciendo
deporte. Nuestros valores se repelían.
Yo religiosa, él libre pensador; a mí me agradaba
bailar, ir a fiestas, convivir con gente,
mientras él, bastante huraño, detestaba las reuniones
y prefería estar solo. Yo hablaba
fuerte, rápido, de mil cosas a la vez; él conversaba
despacio, con bajo volumen. Creo
que nunca nos comunicamos eficientemente excepto
cuando hacíamos el amor. Pero eso
duró poco.
Era difícil de creer. ¿De modo que entre mis padres
existió la atracción química pero no
la intimidad emocional ni la correspondencia
intelectual?
Observé a mamá abierta, descaradamente. Era una mujer
alta y delgada. Aún a su edad
llamaba la atención por su inusitada belleza y buen
cuerpo. Me imaginé que veinte años
antes debió de ser extremadamente sensual.
—¿Mi papá llegó a darse cuenta de que le mentiste
respecto a tu virginidad? —
cuestioné.
—Sí. Se lo confesé después de la luna de miel. Le
produjo un gran malestar. La
virginidad es un mito que no vale nada, pero la
honestidad en la pareja sí vale. De hecho
es la base de todo, y yo no fui honesta, lo engañé, no
le tuve confianza. Él dedujo que
mi entrega era pensada, estratégica, que si había sido
capaz de ocultarle algo tan íntimo
seguramente le ocultaría cualquier cosa. A partir de
entonces la relación fue peor cada
día. El aumentó su carga de trabajo y yo me fui
alejando poco a poco. Puede decirse que
mi vida era la encarnación humana del cuento de la
cenicienta. ¡Una muchachita sin
educación, que toda la vida se dedicó a fregar
trastes, lavar ropa y desinfectar pisos,
unida a un príncipe acostumbrado a fiestas de la
nobleza, excelsas viandas, arte
refinado: ¡un matrimonio destinado a la más absoluta
desdicha! Perrault cortó la historia
justo a tiempo, antes de que sobreviniera la evidente
tragedia. Pero la vida no se
interrumpe con un "fueron felices para
siempre", la vida continúa y, sin buenas bases, la
felicidad se acaba pronto.
Un viso de intensa emoción acompañó las últimas
palabras de mi madre.
—¿Y vas a decirme que te casaste con la persona
equivocada por culpa del sexo?
—El
sexo es un anzuelo extraordinario —repuso—-. Te pesca, te hace perder
objetividad,
pero
no es el culpable directo de los malos matrimonios. El problema está en los noviazgos
superficiales.
Las
parejas se casan pensando que lo más importante de la relación es esa
atracción
tangible. Se unen sin conocerse a un nivel profundo.
¡Pero
qué concepto tan similar al de la revista! Sonreí. No cabe duda de que todos
los seres
humanos,
cada cual por su camino, tenemos que llegar tarde o temprano a las mismas
realidades.
—Yo
siempre creí que nuestra vida se vino abajo cuando mi padre murió. Pero no fue
así,
¿verdad?
¿Los problemas empezaron antes...?
Asintió
muy lentamente.
—Hay
muchas cosas que desconoces, Efrén...
En
su gesto había una tensión evidente, pero a la vez podía identificarse un
fuerte deseo de
hablar,
de deshacerse al fin de esa secreta carga que la había acompañado durante tanto
tiempo.
—Un
año después de casados —comenzó—, nació tu hermana Marietta. Recuerdo que
estando
mi esposo y yo juntos, contemplándola dormida en su cunita, nos abrazamos y
descubrimos
que la clave para triunfar en el matrimonio no está tanto en ser afines como
dos
mitades de naranja, porque eso jamás ocurre, sino en tener buena disposición
y sincero
deseo
de acoplarse. Traté
de tomarle gusto a su pasividad, a su música, y él procuró
disfrutar
mi alegría, mi actividad. Hubiéramos podido salvar nuestro matrimonio de no ser
por
lo que ocurrió cuando naciste tú. Marietta ya tenía cinco años...
Yo
me hallaba casi al borde de la silla. Era evidente, aunque no me lo confesara,
que mi
venida
a este mundo fue accidental. Tal vez estaba a punto de escuchar la verdadera
razón
de
mi fútil existencia.
—¿Yo
fui la causa del divorcio?
—No
—se apresuró a responder—. Después del parto, las mujeres solemos sufrir una
crisis
emocional
muy fuerte... Y a los dos meses de tu nacimiento mi marido se vio precisado a
hacer
un largo viaje de trabajo. Un día que yo estaba sola en la casa tuvimos una
variación
de
voltaje. Varios aparatos se descompusieron. Llamé a la compañía de luz y a las
pocas
horas
un empleado de mantenimiento nos visitó El tipo se portó sumamente amable
mientras
revisaba los desperfectos; hizo un trabajo eficiente, aunque ocupó toda la
tarde en
ello.
Terminó cerca de las nueve de la noche. El hombre estaba cansado, sudando, y en
su
gesto
había algo que yo califiqué como una chispa de vida y que en realidad era un
enorme
gusto
por mi persona. Lo invité a cenar. Me trató como a una dama. Elogió mi comida,
mi
aspecto
físico, la pulcritud de mi casa, y se sentó a escuchar pacientemente los
problemas
que
le platiqué, aceptando y valorando mis opiniones. Me Visitó varias noches
seguidas.
Aunque
alguna vez llegué a imaginarme siendo infiel, yo no andaba en busca de
aventuras
amorosas;
pero me sentía tan sola, tan poco apreciada, tan necesitada de un desahogo
emocional,
que cuando ese hombre me sonrió, me dijo que le gustaba y se acercó para
tocarme,
no pude más que cerrar los ojos y entregarme como una paloma herida... Al
romperse
el
recipiente de cristal que guarda nuestra buena conducta, los principios
comienzan a
fugarse.
Lo difícil es robar la primera vez, matar la primera vez, adulterar la primera
vez...
Después
es más fácil... —hizo una pausa para limpiarse la cara—. La visita del
electricista
se
volvió habitual —continuó despacio—. Aún después de que mi marido regresó del
viaje,
mantuvimos
nuestro romance oculto. Me dejé envolver nuevamente en el delicioso humo de
las
emociones que origina el sexo fuera de lugar y de momento. Curiosamente esa
relación
prohibida
me producía sensaciones similares a las que me produjeron las relaciones
sexuales,
también prohibidas, que tuve antes de casarme. La percepción del peligro, la
angustia
de
saberse haciendo algo delicioso pero vedado es muy similar cuando se es infiel
dentro
del matrimonio que cuando se tiene sexo antes de él. Alguien que cede a la
tentación
de
joven está más propenso a ceder a ella de adulto.
Se
detuvo. Su vista estaba extraviada en la contemplación de recuerdos
desenterrados. La
mía,
desorbitada, ensamblaba las escenas de ese ayer incierto del que yo provenía.
No
quiso detallar la forma en que su infidelidad fue descubierta. A cambio de eso
expresó
las
conclusiones a las que había llegado muchos años después.
—Por
muy liberales y "modernos" que sean los cónyuges, cuando uno de ellos
engaña al
otro
se causa un daño irreparable. La infidelidad, lejos de ser el remedio a los
conflictos de
la
pareja, es una evasión. Resulta más fácil buscar intimidad con alguien ajeno
que enfrentar
cara
a cara los problemas de una vida marital deteriorada y luchar por
solucionarlos.
—Pero
hay quien puede mantener en secreto sus relaciones ilícitas durante años —opiné.
—Eso
no es cierto. ¡Resulta imposible llevar una doble vida emocional por mucho
tiempo!
A
mí me consta. Uno puede engañarse a sí mismo diciéndose capaz de querer a dos
personas
a la vez y puede tratar de ocultar su aventura en pro de la salvaguarda del
matrimonio
y los hijos, pero no es posible acostumbrarse al remordimiento, a la
distracción,
a
la carga de culpabilidad, al desequilibrio funcional que sobreviene en esos
casos. Cuando
se
está atrapado en una relación de infidelidad se viven tensiones que no puedes
imaginar.
Se
merma notablemente la eficiencia en el trabajo, la confianza en uno mismo, la
relación
con
Dios, el desenvolvimiento social, la lucidez mental, el buen humor... y como es
lógico,
ese
desequilibrio inevitablemente desenmascara el engaño. El cónyuge se da cuenta
antes de
tener
las pruebas suficientes y el hecho le causa una herida tan profunda e
irreparable que su
dolor
no es susceptible de alivio con ninguna explicación o razonamiento. Las
promesas de
confianza
y honradez mutua quedan pisoteadas. La infidelidad es traición de grado
superlativo
y
ésta desencadena un holocausto matrimonial del que no será fácil reponerse, a
menos
que uno de los dos admita sacrificar su respeto y autoestima dejándose humillar
a
cambio
de mantener unido el hogar. Y eso, en esta época, se da cada vez menos.
—Así
que los matrimonios se acaban con el famoso triángulo amoroso —comenté—-, pero
las
personas pueden rehacer sus vidas, ¿no es cierto?
—En
algunos casos... La mayoría de las veces no, Efrén. Cuando el cónyuge infiel se
queda
a
solas con su nueva pareja y la relación entre ellos deja de ser prohibida, el
encanto se va,
la
emoción se esfuma, la pasión se desvanece... Créemelo. Rara vez verás en la
televisión o
en
el cine una escena erótica protagonizada por marido y mujer, porque lo que
enciende la
sangre
de modo explosivo son las aventuras prohibidas, las peligrosas, las
irracionales. Es
decir:
lo verdaderamente tentador en el ser humano no es el sexo en sí, sino el sexo
fuera
del
matrimonio, de
la misma forma que puede resultar tentador y emocionante robar, timar
o
hacer pillerías.
Me
quedé quieto y callado durante un buen rato. Nunca se rne había ocurrido pensar
eso.
Quizá
porque no tenía la referencia de ser casado. Una cosa sí era cierta: los
jóvenes
podíamos
aprender mucho de los adultos. Aunque tuvieran el terrible defecto de ser
nuestros
padres.
—
Pero termina de contarme. ¿Qué pasó con mi papá cuando se percató de tu engaño?
—
Simplemente se fue de la casa... A él le disgustaban las discusiones y los
problemas.
Rentó
un departamento cerca del Instituto de Investigaciones Químicas de la
Universidad y
se
sumergió en sus estudios para olvidar, de la misma forma que otro hombre se
hubiera
hundido
en el alcohol. Sólo supe de él cuando un abogado fue a verme llevándome los
documentos
del divorcio. Firmé sin pensarlo dos veces... Para entonces el empleado de la
compañía
de luz ya se había mudado a vivir con nosotros...
—Mi
padrastro Luis... —murmuré comprendiendo al fin de quién se trataba.
Mamá
bajó la cabeza avergonzada. El sólo mencionar ese nombre era motivo de
aprensión
y
enojo. Se trataba de la parte oscura de nuestra vida, el capítulo negro que
habíamos
tratado
de olvidar a toda costa.
—Tenías
apenas dos años de edad y tu hermana siete cuando me volví a casar. Tampoco
conocía
a nivel profundo a mi nuevo marido y las sorpresas no se dejaron esperar. Luis
era
un
misógino disfrazado. En cuanto tuvo el control total de las circunstancias,
comenzó a
tratarme
violentamente y con prepotencia. Me agredía por los detalles más
insignificantes.
Se
burlaba de mis errores, me hacía quedar en ridículo frente a otras personas. La
brutalidad
era
su arma preferida. Todos en casa aprendimos a tenerle miedo. Temblábamos en
cuanto
llegaba
pues sabíamos que encontraría alguna excusa para empezar a gritar. ¡No me cabía
en
la cabeza que un amante tan perfecto se hubiese convertido en un marido tan
malo! En la
cama
era sádico, egoísta y desconsiderado. No puedes imaginarte cómo y cuánto lloré
al
darme
cuenta de lo terrible que fue ese giro de vida. Pero el ser humano es así,
hijo. Nunca
está
conforme con nada, siempre cree que le está yendo mal y sueña con cambiar lo
que le
pertenece
por algo mejor. ¡Qué forma tan errada, tan irresponsable, tan inmadura de
vivir!
Valoramos
lo que tenemos hasta que lo vemos perdido. Somos a tal grado estúpidos que le
damos
la espalda a lo nuestro sin saber que la mina de diamantes con la que tanto
soñamos
se
encuentra en nuestra casa. Para hallarla sólo requerimos ESFORZARNOS. La
felicidad
únicamente
se da al luchar por la familia, por el trabajo, por el país que tenemos. ¡No
porque
sean los mejores sino porque nos pertenecen! ¡Porque a la vez formamos parte de
ellos!
¡Porque son nuestros!
Caray,
¡me sentí tan mal por mi ingratitud! Esa mujer no era perfecta: cambió un
esposo
inteligente
y noble por otro bruto y agresivo. A mi hermana y a mí nos quitó un buen padre
para
darnos un pésimo padrastro... Tenía muchos defectos, había cometido cualquier
cantidad
de errores, y yo lo sabía desde muy chico. Pero era mi madre. ¡Me
pertenecía! ¡Y
yo
de alguna forma le pertenecía a ella! Sentí que el llanto se acumulaba en mis
lagrimales.
¡Cuántas
veces la juzgué con crueldad! ¡Cuántas veces deseé haber sido engendrado en el
vientre
de otra mujer! ¡Qué injusto había sido! Hasta entonces comprendí que, aunque
existían
personas más inteligentes, más hermosas, más maduras, yo no debía amarla a ella
por
sus cualidades, ¡sino porque era mía...!
Me
puse de pie y caminé para sentarme a su lado. No tenía palabras para pedirle
perdón ni
tampoco
hallé los vocablos apropiados para consolarla. Así que la abracé primero con
cautela
y luego, al verla llorar, con mucha fuerza.
Estuvimos
enlazados un buen rato sin decir nada.
Después
de unos minutos nos separamos. La noche estaba muy avanzada, pero yo no quería
irme
a mi cuarto. Deseaba acurrucarme en su regazo como lo había hecho cuando mis
ojos
de
niño detectaban siniestras sombras en la oscuridad.
Para
permitirle sosegar su ánimo quise cambiar un poco el tema. La tomé de la mano y
le
cuestioné:
—Dices
que lo verdaderamente tentador no es el sexo sino el sexo fuera del matrimonio,
y
estoy
de acuerdo contigo. Lo he sentido. Pero, ¿es posible vencer un deseo tan
incontrolable?
—Sí,
lo es. Sólo se requiere cultivar el hábito de reflexionar y manejar las ideas.
—¿Qué
tienen que ver las ideas en esto?
—Todo.
¿Sabes cuál es el órgano sexual más poderoso del ser humano? LA MENTE.
Cuando
una aventura se hace realidad es porque ya estuvo imaginándose durante mucho
tiempo.
Así de simple, Efrén. No tienes que acostarte con la persona equivocada para que
se desencadene el desequilibrio. Basta con imaginarlo,
con dejar volar la ilusión y
recrear en tu mente lo extraordinario que sería un
encuentro íntimo con ella. El cerebro
es capaz de crear verdaderos escenarios y representar
cuadros superexcitantes al grado
de hacerlos parecer reales. Entonces las fantasías
toman la forma de sentimientos y
deseos amorosos, y éstos, tarde o temprano, se
materializan.
—¿Por lo tanto, la clave está en evitar imágenes
sensuales?
—Bueno... Somos humanos y tenemos sangre en las venas.
Es natural reaccionar a los
estímulos del medio y tener ideas eróticas furtivas.
Lo malo no es tenerlas sino abrirles
la puerta del pensamiento central, invitarlas a pasar,
a ponerse cómodas y platicar con
ellas durante largos e insanos periodos. En vez de
distraerse con fantasías sexuales, las
personas de más valía reflexionan a fondo sobre las
consecuencias, piensan
drásticamente, con juicio realista y sereno. Entonces
se dictan a sí mismos un código de
normas y definen exactamente lo que quieren para su
futuro. Si no te has detenido a
pensar en tu propósito vital, a planear lo que te
conviene antes de que la tentación
llegue, reaccionarás ante ella conforme a tus
emociones del momento, y cuando te des
cuenta del error será demasiado tarde.
—¿Tú te detuviste a prever, a planear de antemano tu
propósito vital?
—¡Por supuesto que no! ¿No te das cuenta de lo que
trato de explicarte? Soy una mujer
fracasada. Eché a perder mi vida y la de mi familia
por no pensar en soluciones antes de
que se presentaran los problemas. A nadie le gusta
planear cosas desagradables y por
eso, cuando éstas ocurren, no sabemos qué hacer. Yo
nunca creí tener la oportunidad de
serle infiel a mi marido, así que, cuando la tuve, me
hallé ante ella desprevenida e
indefensa. El mayor éxito de la tentación es su ataque
sorpresivo. Para vencerla es
preciso visualizarla antes de que llegue y
tomar serenamente la decisión de lo que harás
cuando esté frente a ti. Porque llegará, Efrén. Tarde
o temprano. Continuamente quizá.
Y si te toma desprevenido es seguro que no podrás
evitar caer en su cautivadora trampa.
Me separé un poco de ella. Era curioso que por
criticarla y menospreciarla hubiera
desperdiciado su sabiduría durante tanto tiempo. Sin
embargo, en ese momento tenía
urgencia de que me hablara de otras cosas. Aún quedaban
muchas preguntas sin responder.
Las
formulé con cierta vehemencia todas juntas.
—Pero
acaba de contarme, mamá. ¿Cuál fue la razón por la que huimos de mi padrastro?
¿Por
qué se fue Marietta de la casa? ¿Cómo murió? ¿Qué pasó con mi padre?
No
contestó de inmediato. Revivir aquello le causaba un evidente malestar. Su voz
ya no
sonó
decidida y fuerte. A decir verdad, apenas lograba escucharla.
—Luis
empezó a tomar. Y cuando su estado de ebriedad era grave me golpeaba...
—Sí
—le quité la palabra con inaudito coraje—. También nos golpeaba a Marietta y a
mí.
Y
tú te limitabas a lamentarte. No te defendías. En mi mente infantil razoné que
los
hombres
tenían derecho a gritar, a exigir e imponer sus ideas mientras que las mujeres
eran
desvalidas
e inferiores; comencé a sentir lástima y desprecio por ellas...
Hubo
un largo silencio. Muchas verdades estaban saliendo a flote en ese cuarto y con
ello
reflexiones
verdaderamente importantes. Tal vez ese inicio precoz de mi sensualidad,
acompañado
siempre de un cierto egoísmo masculino y un aprovechamiento de la fragilidad
femenina,
tenía su origen en los modelos recibidos cuando niño.
—Marietta
no huyó de casa... Ni ha fallecido, como piensas...
La
sangre se me heló en las venas. ¿Qué había dicho? ¿Mi hermana vivía? ¿Y dónde?
La
conmoción
producida al escuchar eso me dejó impávido, sin habla. Palabras de reclamo y
enojo
quisieron bullir, pero se atascaron en mi garganta.
—Tu
hermana comenzó a desarrollarse como señorita a los once años de edad... Y eso
llamó
la atención de Luis... Cuando estaba borracho la molestaba... la tocaba... y un
día...
Dios
mío... —mi madre se detuvo. Se le dificultaba sobremanera hablar, pero yo
comenzaba
a
sospechar lo que había ocurrido un día, antes de que ella lo aclarara—. Llegó
ebrio, a la
una
de la mañana, y fue directo al cuarto de la niña. Todos dormíamos
profundamente,
incluyéndome
a mí... Se quitó la ropa y se metió a la cama de la pequeña. Marietta se
despertó
cuando ya había sido parcialmente desvestida. Alcanzó a gritar antes de que su
padrastro
le tapara la boca. Al oírla desperté y me levanté para correr a su habitación.
Afortunadamente
no estaba con llave. Tú me habías visto callar, llorar resignada los
abusos
de Luis, pero no me viste esa noche peleando como una fiera. Ataqué a mi marido
con
uñas, objetos, dientes, presa de la desesperación y furia que sólo una madre
puede
experimentar
al ver a sus hijos en peligro. Él me golpeó en la cara, pero yo hice añicos
sobre
su cabeza un pesado florero de vidrio cortado y se desvaneció bañado en sangre.
—¿Alcanzó
a violarla?
—No,
pero la lastimó. Tu hermana era apenas una niña. Salí del cuarto con ella;
estaba
asustada
y temblaba por un ataque de nervios. Yo actué rápido. En mi mente sólo existía
el
pensamiento
de ponerla a salvo. Llamé por teléfono a una estación de taxis, cerré con doble
llave
la habitación en la que tú dormías, tomé mi libreta de direcciones y salí
acompañada
de
Marietta en cuanto el coche llegó. Fuimos directo a la universidad. No conocía
el
departamento
de tu padre, pero con el domicilio el chofer me llevó hasta él. Bajamos del
automóvil
y le pedí al taxista que me esperara. Toqué el timbre durante varios minutos.
Eran
más de las dos de la mañana. En cuanto tu padre me abrió, lo abracé llorando y
le dije
que
le llevaba a la niña para que se hiciera cargo de ella por un tiempo. Él se
asustó mucho.
Encendió
las luces y me exigió que le explicara lo que había pasado. Lo hice brevemente.
Abrazó
a su hija. Me reclamó el incidente como si yo fuera responsable y me dijo que
los
niños
debían vivir con él. Después de un rato se calmó y en su mirada creí detectar
una
chispa
de perdón. Pero toda esperanza se esfumó de mí al momento en que me di cuenta
de
que
había una mujer en su recámara. Me despedí de Marietta con un fuerte abrazo y
salí de
la
casa confundida y acabada. La vivencia de esa noche fue lo más parecido al
infierno que
he
conocido. Me sentía sola, arrepentida, desamparada, temerosa. No sólo existía
el peligro
de
enfrentarme a la justicia en el remoto caso de que Luis hubiera fallecido por
el golpe;
ahora
también temía por la reacción de tu padre que, con justo derecho, podía tratar
de
arrancarme
de mis brazos lo único que me quedaba en la vida: mi hijo pequeño. Y por si lo
anterior
fuera poco, en caso de que Luis se recuperase resultaba evidente pensar que se
vengaría
de mí. Llegué a la casa deshecha en llanto, arrepentida de haber abandonado a
Marietta,
pero en una lucha intrínseca por resignarme a que había sido lo mejor. Su padre
la
cuidaría
bien mientras viviera. Volví a pedirle al taxista que me esperara en la puerta.
Subí
corriendo.
Luis seguía en el suelo, justo donde lo había dejado, con la boca abierta, sin
sentido.
No me acerqué a tocarlo, pero su postura grotesca me hizo pensar que había
muerto...
Preparé una maleta con lo indispensable, te tomé en mis brazos y bajé como pude
para
volver a subir al carro y huir. Fuimos directos a la central de autobuses.
Compré
boletos
para la ciudad más lejana que pude, sin importarme cuál, y cuando despertaste
ya
estábamos
muy lejos... Te dije que viajábamos en busca de tu hermana, quien se había ido
de
la casa, que todo estaba bien y que en el lugar al que íbamos Luis no nos
encontraría. Lo
último
era cierto... En cuanto a lo demás, no pude explicártelo. Era posible saciar tu
curiosidad
infantil con historias menos crueles que la verdad. Fue cansado para mí y
mortal
para
ti llegar a un poblado desconocido y buscar hospedaje. Llevábamos poco dinero,
pero
hallamos
un buen cuarto en renta y a los pocos días conseguí trabajo como secretaria. En
la
huida
se perdieron tus papeles y los míos. Lo primero que hice fue invertir todo lo
que
llevaba
comprando a un juez para registrarte con nuevos datos. Yo también adquirí
identificaciones
falsas y recomenzamos una nueva vida. Empezamos desde abajo. Todas las
noches
me dormía rezando por tu hermana y por tu padre... No te imaginas cómo envejecí
en
esos días...
Me
lo imaginaba. Al terminar el relato mamá se quedó muy quieta, con la vista
extraviada:
al
rememorar los detalles de su tragedia, también despertaron en ella los
sentimientos de
angustia,
desesperación y pánico que sufrió al vivirla.
Quise
abrazarla y pedirle que olvidara todo, que descansara, que eso había quedado
muy
atrás,
que la terrible historia ya no nos afectaría más ni a ella ni a mí.
No
sabía cuan equivocado estaba con respecto a eso.
El
pasado se había levantado gigantesco, monstruoso, para aguardarme con sus
impresionantes
garras a la vuelta del camino.
Pero yo aún lo ignoraba.
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